El blanco y el negro constituyen el paradigma de lo opuesto. Quizá por ello se les haya relacionado con aquello que nos resulta más antagónico: la vida y la muerte. El color negro, aquel capaz de absorber todos los colores, sin producir reflejo alguno, es el usado para expresar lo tétrico. Es el color del luto; más no siempre fue así. Hasta finales del siglo XV, fue el blanco el color que indicaba el fin de la vida. Fue mediante la “Pragmática de luto y cera” que los reyes Católicos impusieron el color negro para indicar el luto.
Y siendo lo percibido por sentido de la vista lo que, probablemente, más impacto inmediato produce en las personas, es por lo que se han usado los colores para distinguirlo casi todo: banderas, escudos, señales de todo tipo… Convencidos de que todo el universo gira en torno a nosotros, hemos creído que el resto de los seres vivos tienen la misma percepción de las cosas que nosotros; así, aún persiste la creencia de que el toro bravo, que percibe bien los colores azul, verde y amarillo, enviste al torero debido a la irritación que le produce el color rojo de la muleta, que no puede apreciar, más que por el movimiento del trapo y las citaciones que el matador dirige a la res.
Casi todas las actividades humanas se han servido, para establecer diferencias, de los colores como signos: la política, el mundo del sexo, la religión. ¿Quién no ha oído hablar del color político? No solo figuradamente, para señalar tendencias, sino de modo bien concreto: camisas pardas, negras, rojas, azules. Algunas veces la elección de un color tuvo motivos estrictamente prácticos.
El color de las camisas negras de los fascistas italianos fue adoptado por los partidarios de Mussolini cuando antes de ser un partido propiamente fascista tenía un sustrato social proletario. El negro era el color usado por los trabajadores del campo, porque era el que mejor disimulaba la suciedad. Tenía connotaciones socialistas, y por ello fue adoptado por el Duce.
El rojo de las camisas del los ejércitos garibaldinos tuvo su origen en la necesidad de uniformar a un grupo de seguidores de Garibaldi en su afán unificador de Italia, y de la oportunidad que encontraron en una partida de tela de dicho color, a un precio conveniente: el azar haciendo Historia.
También el mundo del sexo tiene sus colores. Bombillas rojas tienen casi todos los “nigh club” y casas de lenocinio de medio mundo. Así ha sido desde que en 1.234 se estableció en Avignon el primer barrio chino. Un edicto impuso que los burdeles fueran identificados mediante una luz roja situada a su entrada; sin embargo en oriente, era el color azul el que permitía reconocer, en China, las casas de nota alegre: eran los llamados “aposentos azules”, por tener sus paredes pintadas de dicho color. De esa tradición ha tomado la cultura inglesa el término azul para calificar a las películas picantes “blue movies”, que en España conocemos como películas verdes.
El teatro también han tenido en cuenta los colores. En particular el amarillo, que ha sido considerado, supersticiosamente, como de mal agüero. Y ello por una razón histórica: Molière falleció sobre un escenario vestido con un traje de dicho color. Lo cierto, es que nada tuvo que ver dicho color en el óbito del autor y comediante, que en ese momento, fatalmente, representaba “El enfermo imaginario” en el papel de Beraldo, el enfermo. De pronto, en escena, sufrió un colapso. Agónico, fue trasladado a su domicilio. Allí le sobrevino un acceso de tos, que le produjo una hemorragia. La tuberculosis que arrastraba desde tiempo atrás, le mató. Murió ahogado en su propia sangre. Tenía 51 años de edad.
La Iglesia católica también usa de los colores para sus distintas celebraciones litúrgicas y, así como la jerarquía militar usa de estrellas y galones para distinguir sus grados, los religiosos usan solideos de distintos colores para revelar su categoría: negro el de los sacerdotes, morado los obispos, rojo los cardenales y blanco el Papa.
Y, hasta la realeza ha querido distinguirse del resto de los mortales mostrando azuladas venas bajo una piel fina y casi transparente, que la plebe tiene ocultas por una piel coriácea y a menudo tostada por el sol; aunque para todos con un torrente de roja sangre. Afortunadamente, la ciencia ha demostrado que la hemoglobina es la proteína que tinta de rojo la sangre humana y la hemocianina hace lo propio en azul en la de algunos invertebrados, dejando majestades y subditos iguales, ¿o no?