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VIAJES EN TERCERA PERSONA: DE SAN JUAN DE LA PEÑA A SAN SALVADOR DE LEIRE

    El viajero a medida que asciende por la sierra ve como la vegetación se espesa. Al poco, ve el viejo monasterio de San Juan de la Peña, a la sombra del monte Pano. En temporada alta no se permite el estacionamiento de vehículos en los márgenes de la angosta carretera. Nada distrae la mirada. El viajero lo ve como siempre ha estado desde que entre el mil doscientos y el mil trescientos se construyera sobre los restos de la anterior iglesia mozárabe.

    Un muchacho indica al viajero que dos kilómetros más arriba hay un aparcamiento, en los pinares, junto al monasterio nuevo construido en el siglo XVII (1) , y hacia allí se dirige; pero el viajero ha llegado hasta aquí para ver el monasterio viejo, y vuelve a bajar, ahora en un microbús, desde la explanada de San Indalecio. El monasterio viejo está en la cueva de Galión. Tiene justa fama de ser pieza única del arte románico aragonés. Dos capillas se edificaron en los siglos del gótico y del barroco, aquélla importante, ésta mediocre. Las dos en ángulos opuestos del claustro: la gótica, florida, ninguneada por su vecindad con los capiteles labrados por el “Maestro de San Juan de la Peña”, la barroca, cubierta con una cúpula para protegerse del pétreo paladar que cubre todo el claustro. Sabe el viajero que en cierta ocasión se desprendió un fragmento del techo rocoso, que fue a caer sobre el abad del monasterio, que paseaba por el claustro, hiriéndolo de consideración en un hombro. Tras su recuperación, mandó levantar esta capilla en la que, a falta de interés externo, tiene en su interior un lienzo con la representación del descubrimiento por el joven Voto del cuerpo momificado de Juan de Atarés, junto al de la cierva a la que perseguía, y que despeñada desde lo alto del Pano cayó en la entrada de la cueva, antiguo cubículo del eremita. Voto, luego canonizado, conmovido por el descubrimiento hecho junto a una capilla dedicada a San Juan Bautista, vendió todos sus bienes y junto a su hermano Félix se recluyó en existencia ascética.

    El monasterio guarda los sepulcros de los reyes de Aragón hasta  Pedro I. Los ve el viajero en una sala con los techos ennegrecidos por el humo producido por el horno en el que los monjes fabricaban su pan. Allí están los nichos de los nobles aragoneses hasta el último que decidió reposar allí, el conde de Aranda(2), ilustrado aragonés, que se encargó de la construcción del panteón de los reyes, obra barroca con pretensiones de mausoleo real, porque era intención de Carlos III trasladar allí los restos de los reyes españoles.

 

     El viajero antes de abandonar el monasterio ve una réplica del Santo Cáliz. Aquí estuvo casi doscientos años a salvo de la barbarie sarracena, que se apoderaba de España y aún pretendía de Europa. Había estado antes en Huesca, llevado por San Lorenzo, y en Huesca volvió a estar cuando ésta retornó a la fe cristiana. En el siglo XV, Alfonso V, el Magnánimo, haría llevarlo a la catedral de Valencia, donde actualmente se le venera.

    El viajero continúa camino hacia el poniente, deja atrás el embalse de La Yesa, y llega a una encrucijada: a la izquierda está el Castillo de Javier, a la derecha, en el norte, el monasterio de San Salvador de Leire. Allí se dirige el viajero.

    Cuando el viajero llega al monasterio lo encuentra restaurado, en perfecto estado, con hospedería y restaurante; pero no siempre estuvo así. Fue levantado a principios del pasado milenio por los primeros reyes navarros, y albergó monjes de Cluni primero, del Cister después. En la época de las exclaustraciones decimonónicas resultó abandonado. La cripta, situada bajo la nave principal del cenobio, fue usada por pastores que guardaban allí sus rebaños, y por peregrinos que hacían el camino de Santiago. Cuando en 1.950, los técnicos iniciaron la restauración los muros estaban encalados; así se obtenía una mínima higiene que los usuarios disfrutaron sin haberlo buscado, y dotaban a la cripta de una luminosidad extra al reflejar las blancas paredes la paupérrima luz que entraba por los minúsculos ventanucos. Esto, cuando no estaban parcialmente oscurecidos por el humo de los fuegos que tanto pastores como peregrinos hacían en su interior. La cripta, ya ha dicho el viajero que está bajo la iglesia y dicen los expertos que las ciclópeas columnas, sin basas, con capiteles enormes unidos unos con otros con toscos arcos de medio punto, son su soporte.

    Al lado de la cripta, el viajero ve un largo pasillo al que no puede entrar. Una puerta de forja le impide pasar, pero no ver. Es el pasillo de San Virila, y lo que ve es la imagen del Santo, que fue abad del monasterio y del que se cuenta una historia, para unos leyenda, tradición para otros, acerca de la eternidad y la fugacidad de la naturaleza humana: Virila, siendo abad del monasterio, caminaba por el bosque cercano al cenobio, meditabundo y preocupado sobre la vida eterna y nuestro breve paso por este mundo, cuando escuchó el canto de un ruiseñor. Quedó el religioso absorto escuchando los trinos del pájaro, y al despertar de su ensimismamiento regresó al convento donde para sorpresa propia y de los demás frailes, ni conocía a quienes allí estaban, ni los que estaban allí le conocían a él. Él declaraba ser el abad y llamarse Virila. Tal insistencia puso en ello, que los frailes, hurgando en los archivos, descubrieron que trescientos años atrás el monasterio había tenido un abad con dicho nombre. Hoy, además del famoso pasillo, el abad da nombre a una fuente de los alrededores, de la que se dice mana agua milagrosa.

  (1) El monasterio nuevo ubicado en la explanada de San Indalecio tiene su mayor interés en las tres portadas barrocas de su fachada. Abandonado en 1.835 su estado no hizo más que empeorar tras el daño hecho por el francés veinticinco años antes. Hoy restaurado alberga una hospedería. Desde la explanada parten microbuses que trasladan a los visitantes hasta el monasterio viejo.
 

   (2) El décimo Conde de Aranda, que yace en el panteón de los nobles del Monasterio de San Juan de La Peña, fue tres veces ministro de Carlos III. Debió ser hombre de carácter y comportamiento despóticos. Heredó del noveno Conde de Aranda la fábrica de porcelanas de Alcora, reorganizando el proceso productivo e incrementando los horarios laborales hasta las trece horas y media, castigando severamente a los obreros que no cumplían los horarios. Para ello hizo construir en la propia fábrica calabozos para los infractores.

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24.10.08 23:09
 
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