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DE LOS ESPEJOS

    Siempre los espejos han resultado fascinantes para los hombres, llegando, a veces, a ejercer una grandísima influencia sobre el comportamiento de las personas. Desde el mito de Narciso que al ver su propia imagen reflejada en las aguas quedó enamorado de ella, muchas han sido las obras de la literatura en las que los espejos han sido coprotagonistas, casi con igualdad de rango, con los personajes que reflejaban. También la pintura se ha ocupado de ellos.

    Ovidio nos habló de Narciso, del imposible amor sobre su amado, que se difuminaba al tratar de tocarlo, hasta que, roto el espejo mil veces, desesperado, abatido, se convirtió en una flor (1).

    Pero el espejo ya era conocido. El más antiguo que se conoce y conserva se halla en el museo de El Cairo. Tiene unos cuarenta siglos de antigüedad y posiblemente fuera fabricado por hebreos o egipcios, los primeros que se dedicaron a ello; pero no sería hasta el siglo dieciséis cuando en la Venecia de los Dux comenzó a usarse el vidrio. En Murano, isla veneciana, a salvo de indiscretas miradas, se guardaba el secreto del cristalino y famoso vidrio veneciano.

     Y el espejo, pieza imprescindible en todo tocador, en todo salón,  se volvió rebelde, sobrepasó sus funciones: comenzó, caprichoso, a hablar y a mostrar lo que había más allá de él. Se convirtió casi en una ventana.

    Los hermanos Grimm hicieron que un espejo hablara, que contestase a una malvada reina que preguntaba a diario sobre su belleza. El espejo, como si tuviera vida propia, contestaba, y la pérfida reina,  con la información de su critalino confidente, llena de vanidad, cumplió el pérfido papel que Jacob  Grim le dio. 

   Hans Christian Andersen, otro cuentista, también estuvo preocupado por la magia de los espejos. En cierta ocasión viajo a Nápoles. Había llegado a sus oídos que en la habitación de cierta casa había un espejo mágico. Se decía que en él había desaparecido una niña vestida de verde, como si hubiera sido engullida por el cristal. Aseguraban que de vez en cuando la niña, convertida en mariposa, salía del espejo y sobrevolaba la estancia, desapareciendo de nuevo en el espejo. Andesen quiso  verlo. Alquiló la habitación y pasó una larga temporada en ella. Nada sucedía. Decepcionado decidió marchar. A punto de abandonar la casa, la criada que adecentaba la habitación gritando le urgió a volver. Andersen, veloz, llegó a la habitación. Una mariposa parecía fundirse en el espejo desapareciendo de su vista.

    Jerónimo Scotto, un aventurero italiano, dicen que poseyó uno, también mágico(2), que le dio fama y le encumbró hasta que… perdió la magia y abandonó a su dueño.

    Oscar Wilde también dio protagonismo a un espejo, siempre visible, que reflejaba la juventud y belleza permanente de Dorian Gray, mientras un cuadro, siempre oculto, tapado, escondía la fealdad física y moral del reflejado en aquél. Gray descubriría, con horror, al destapar el cuadro,  que no siempre un espejo dice la verdad.

    Y si los escritores se han ocupado de los espejos, llenando páginas enigmáticas, los lienzos de los pintores nos enseñan, en un alarde de imaginación, como los espejos pueden reflejar, sin necesidad del azogue, a quienes se miran en ellos.

    Para el genial Velázquez los espejos eran un reto. En “Las meninas”(3)  los reyes no están en la escena, podría decirse que eran ellos los que la contemplaban, que eran ellos quienes hubieran podido pintar a su familia, apareciendo, como quien hace una fotografía, reflejados en un espejo; pero no, don Diego dejó claro que era él quien dirigía la escena. Con un pincel en la mano, parece querer demostrar que puede pintarlo todo: lo que tiene delante y lo que hay detrás.
 

 

 

       Y es que de los espejos es posible imaginar cualquier fantasía: escuche hace varios años, en un programa de entretenimiento de una emisora de radio el siguiente cuento. No se el nombre del autor; ni siquiera recuerdo que se dijera durante el programa. Solo recuerdo la trama. El relato venía a decir lo aproximadamente lo siguiente: el invitado hacía la entrada en el salón donde se celebraba la fiesta. Era una fiesta de disfraces. Había sido invitado, aunque no conocía demasiado a los dueños de la casa. Podía ver a los asistentes ataviados con las más extravagantes vestimentas; sin embargo, nadie se fijaba en él. En su difuminado rostro se reflejaba una sonrisa de triunfo. Realmente su disfraz era original, mejor que cualquier otro. No solo iba disfrazado de fantasma, se había convertido en uno auténtico. Nadie le miraba, porque ni siquiera le veían. El camarero que distribuía las copas de champán entre los invitados estuvo a punto de tropezar con él. Se apartó justo a tiempo.
      De pronto escuchó una voz que provenía de su derecha:
      ─ Es una fiesta muy animada. ¿Ha llegado usted hace mucho?
      ─ Como es posible –pensó– que me hablen a mí, si nadie me puede ver.
      Giró la cabeza, pero no vio a nadie. De nuevo escuchó la misma voz, pero no logró entender lo que dijo. Irritado, pareció comprender: se trataba de otro invitado que había tenido la desfachatez de disfrazarse también de fantasma, un farsante.
      Volvió a escuchar la voz. 
      ─ Ha tenido usted una idea excelente disfrazándose así. Ha sido muy original.   
      Aquello era el colmo. Aquel impostor había copiado su disfraz y ahora trataba de burlarse de él.
      ─ Gracias, –le constestó con cierto tono de enfado–
     ─ Y usted –preguntó en un intento de hacerle creer que realmente le veía, que el único ser traslúcido, que el único expectro allí presente era él– ¿de qué se ha disfrazado?
      ─ De espejo, naturalmente.

(1)     Narciso era hijo Cefiso y de Leiríope. Fue objeto del amor de la ninfa Eco, que no vio, por mas intentos que hizo, recompensado su amor con la atención de Narciso, que sólo tenía ojos para sí mismo. La enamorada ninfa se quejó a la diosa Némesis, rogándole sometiera a Narciso al inalcanzable amor que ella misma había padecido.
(2)     Historia trascendente: “El espejo mágico de Escotto”
(3)     Al principio el cuadro recibió el nombre de “La familia de Felipe IV”.

 
7.2.09 22:45
 
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A día 3 Comentario(s)     URL del enlace de referencia


Kelisidian (8.2.09 01:57)
¡Uy! cómo me gustaría ver ese espejo del museo del Cairo. El día que vaya a ir, te lo digo y si quieres te apuntas. Feliz domingo


narbona / Página web (28.2.09 16:35)
Te he estado leyendo salteando tus entradas...
Cuando he visto el titulo "De los espejos" me picó la curiosidad especialmente. Porque recordé un poema que colgué bajo el título: "Si los espejos hablaran..."

Te dejo la dirección completa para que puedas leerlo si te apetece y tienes un hueco:

http://narbona.myblog.es/narbona/art/31954/Si-los-espejos-hablaran-

Saludos literarios.


narbona / Página web (8.3.09 03:11)
Gracias por tu visita. Y por tu comentario.

Nos leemos.

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