VIAJES EN TERCERA PERSONA. BURDEOS
El viajero avanza deprisa por la autopista que le llevará directamente a Burdeos. A un lado y otro de la carretera, durante decenas de kilómetros ve un bosque interminable: son Las Landas(1). El viajero ha leído que se trata de la mayor masa forestal de Europa. Es posible que así sea porque sabe que hay casi doscientos quilómetros de autopista flanqueada por pinadas con, apenas, alguna que otra calva, y que hacia el Este son casi cincuenta quilómetros los que le separan del océano Atlántico. Cerca de Burdeos el viajero ve dos carteles: uno anuncia la Duna de Pyle. Es ésta una duna de arena de ciento diez metros de altura. A uno de sus lados el mar, al otro Las Landas. De la duna dicen que es, igual que el bosque que la bordea por su interior, la mayor de Europa. No será lo único de lo que el viajero vea, que ostente un record de tamaño. El viajero no tiene tiempo de ir, pero se promete verla algún día, igual que el lugar anunciado por el otro cartel: Arcachon, lugar turístico, y famosísimo por el cultivo de ostras. El viajero llega a Burdeos, entra por la margen izquierda del Garona, amplio y caudaloso río. El viajero ve un enorme barco de pasajeros atracado en el muelle. El río es navegable por grandes buques que penetran por el estuario de La Gironda, formado por el Garona y el Dordogne, y se adentran río arriba casi hasta el centro de la ciudad, donde topan con el famoso puente de Piedra, que construido en 1.822 tiene diecisiete ojos, uno por cada una de las letras con las que se escribe el nombre del general y emperador de Francia que había muerto el año anterior, prisionero, en la isla de Santa Elena. Francia comenzaba a recordar, mitificando, la valía del general corso. La incompetencia de los Borbones restaurados aceleraron su reconocimiento.
Caminando por la margen izquierda, por los muelles, el viajero llega a la plaza de la Bolsa. Detrás de los edificios que tiene ante la vista en la plaza está el Burdeos viejo, luego dará un paseo por él. Ahora continúa y llega a la plaza de Quinconces. Pasa por ser la mayor plaza urbana de Europa. Algo destartalada, tiene a sus lados estatuas de Montesquieu y Montaigne, ubicuos personajes en casi todas las plazas de Francia; y al fondo el Monumento a los Girondinos. Erigido en los últimos años del siglo XIX y principios del XX es un homenaje a la libertad, cuya alegoría remata una altísima columna. Cerca, volviendo hacia el centro, el Gran Teatro, en la plaza de la Comedia y el inicio de la calle de Sainte Catherine. Una larga calle peatonal en cuyas bocacalles nace el viejo Burdeos, lleno de bares y restaurantes. Es suerte para el viajero encontrarse allí. Es la hora de comer y no le resulta difícil encontrar lugar que le guste. No hay restaurante en cuya carta no haya varios guisos a base de pato. El viajero prueba corazones asados. Le gusta. Y se ayuda con un vino de Burdeos, claro. Otro día en Blaye, ciudadela construida en la margen derecha del estuario probará las famosas ostras de la región. Ya dijo el viajero que Arcachon es famosa por los criaderos de ese molusco. Acaba de comer y da un paseo por el centro, hasta llegar a la catedral de Saint André, patrimonio de la humanidad, que tiene templo y torre, separados uno de la otra, y ésta rematada con una áurea imagen de la Virgen de Aquitania. Dicen que la torre se construyó así, a distancia, para impedir que las vibraciones de las campanadas perjudicaran el templo.
El viajero no está muy convencido de que ello sea la razón, pero lo que sí sabe es que no es la única iglesia construida con el mismo patrón: la de Saint Michel, con su torre aguja de 114 metros de altura, separada del templo, fue levantada en el siglo XV. Esta iglesia está bastante cerca del río. Piensa el viajero que será buena idea subir a lo alto de la misma. Que desde allí tendrá buenas vistas. Y no se equivoca. Desde lo más alto que se le permite subir, casi a cincuenta metros sobre el nivel de la calle, lo ve todo. Lo que ya ha visto, y lo que le queda por ver de cerca: “La Grosse Cloche”, una de las puertas de la antigua muralla, porque Burdeos tuvo pasado de mucha importancia: la ciudad estuvo bajo dominio inglés hasta el siglo XV. Con su rendición vio su fin la guerra de los Cien Años. Aquella guerra intermitente, que asoló la Francia huérfana de dueño. Burdeos, ya francés, volvió a llamar la atención del mundo: durante la revolución francesa los diputados de la Gironda, contrarios al jacobinismo intransigente, plantaron cara al tirano Robespierre(2).

También ve a lo lejos junto al río un trozo de cielo en la tierra: es "el espejo del agua", una finísima lámina de agua, que lo refleja todo. Es obra reciente, ya del siglo XXI, pero ya, casi con la fama de lo que le rodea hecho más de doscientos años antes. La gente acude, se quita los zapatos, y camina sobre el espejo hasta que desaparecen de la vista de los que se quedan en la orilla, cuando los surtidores de vapor comienzan a difundir una blanquecina nube que lo envuelve todo. El viajero, una vez visto todo lo que quería ver, también desaparece. Otros lugares le esperan. (1) En enero de 2.009 un gran temporal destruyó el bosque, derribando casi tres cuartas partes de los árboles. Quizás sean precisos varios lustros para que el bosque recupere el aspecto anterior a la catástrofe.
(2) Algunos personajes que hicieron de Burdeos foco contrarrevolucionario fueron Teresa Cabarrús (ver una francesa de Carabanchel) y su amante Tallien.
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